Veinte mil leguas de viaje submarino

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Pronto vestí mi ropa de biso. Su naturaleza provocó más de una vez los comentarios de Consejo. Yo le hice saber que las habían confeccionado con los filamentos brillantes y sedosos que mantienen sujetos a las rocas a unos moluscos muy abundantes en las costas del Mediterráneo, conocidos con el nombre de pernas. En otros tiempos se utilizaban para hacer con ellos hermosas telas, medias, guantes, porque eran a la vez muy blandos y de mucho abrigo. La tripulación del Nautilus podía vestir, pues, con poco gasto, sin recurrir a los algodoneros, ni a las ovejas, ni a los gusanos de seda. Transcurrió el día entero sin que me honrase con una visita el capitán Nemo. Los paneles del salón no se corrieron. Quizás no querían hastiarnos con la exhibición de tantas bellezas. El rumbo del Nautilus se mantuvo hacia el este-nordeste, con una velocidad de doce millas, entre los cincuenta y sesenta metros bajo la superficie del mar.

El otro día, lo de noviembre, me hallé en el mismo abandono, en igual soledad. No vi a tripulante alguno. Ned y Consejo pasaron conmigo la mayor parte del día, sorprendidos por la inexplicable ausencia del capitán. ¿Estaría enfermo aquel hombre singular? ¿Intentaría modificar sus proyectos acerca de nosotros?



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