Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El capitán Nemo, así como uno de sus compañeros -de figura hercúlea, que debía tener una fuerza prodigiosa-. Consejo y yo, no tardamos en calzarnos las escafandras, pues sólo se trataba de encajar la cabeza en su esfera metálica. Mas, antes de proceder a ello, le pedí permiso al capitán para examinar los fusiles que nos destinaban. Uno de los hombres del Nautilus me presentó un fusil común cuya culata, hecha de acero laminado e interiormente hueca, era de dimensiones bastante grandes; servía como depósito del aire comprimido, que una válvula movida por un gatillo dejaba pasar al tubo de metal. Un cargador ahuecado en el espesor de la culata contenía unas veinte balas eléctricas, las que mediante un resorte se colocaban automáticamente en el cañón del fusil. En cuanto se disparaba un tiro, otra bala estaba lista para un nuevo disparo.
-Capitán Nemo, dije, esta arma es perfecta y de fácil manejo No espero más que la oportunidad de probarla. ¿Pero cómo llegaremos al fondo del mar?
-En este momento, señor profesor, el Nautilus está apoyado a diez metros de profundidad y no tenemos más que partir.
-¿Cómo saldremos?
-Ya lo verá usted.