Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El capitán Nemo introdujo la cabeza en el casquete esférico. Consejo y yo hicimos otro tanto, no sin haber oído antes de labios del canadiense un "¡Buena caza!" irónico. La parte alta de nuestro traje terminaba en un cuello de cobre con rosca, en el que se atornillaba el casco de metal. Tres aberturas protegidas por gruesos cristales permitían ver en todas direcciones sólo con girar la cabeza dentro de la esfera. En cuanto estuvo colocada, los aparatos Rouquayrol que llevábamos a la espalda comenzaron a funcionar y yo, por mi parte, noté que respiraba con facilidad.
Puesta la lámpara Ruhmkorff en la cintura y fusil en mano estaba yo listo para partir. Pero, para ser franco, como me hallaba preso en el pesado traje y clavado en la cubierta por las suelas de plomo, me hubiera resultado imposible el menor movimiento. El caso estaba previsto. Sentí que me empujaban hacia un cuartito contiguo al vestuario; mis compañeros, remolcados de la misma manera, me seguían. Oí que una puerta provista de obturadores se cerraba detrás de nosotros y una profunda oscuridad nos envolvió. Después de algunos minutos, un silbido agudo hirióme los oídos. Sentí una impresión de frío que subía de los pies al pecho. Evidentemente, desde el interior de la nave se habían abierto los grifos para dar entrada al agua de afuera, que nos rodeaba y pronto llenó la cámara.