Veinte mil leguas de viaje submarino

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Después de cuatro horas de paseo, me admiró mucho no sentir un violento deseo de comer. De qué dependía ese estado del estómago, no sabría decirlo. Pero, en cambio, experimenté inigualable gana de dormir, como les ocurre a todos los buzos. De modo que se me cerraron los ojos detrás del espeso cristal y caí en invencible somnolencia que únicamente el movimiento de marcha hacia adelante había conseguido dominar hasta entonces. El capitán Nemo y su acompañante, tendidos en el límpido cristal nos daban el ejemplo del sueño. Cuánto tiempo permanecí amodorrado, no pude calcularlo; pero cuando desperté me pareció que el sol bajaba hacia el horizonte. El capitán Nemo ya estaba de pie y yo comenzaba a desperezarme, cuando una inesperada presencia me hizo recobrar de un brinco la posición vertical.

A algunos pasos, una monstruosa araña de mar, de un metro de alto, me miraba con ojos torvos, lista para arrojarse sobre mí. Aunque mi traje de buzo fuera lo suficientemente grueso como para protegerme de las mordeduras del animal, no pude dominar un movimiento de horror. Consejo y el marinero del Nautilus despertaron en ese momento. El capitán Nemo le señaló a su compañero el repugnante crustáceo, al que un culatazo derribó en seguida, y yo vi cómo las horribles patas del monstruo se retorcían en tremendas convulsiones. 


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