Veinte mil leguas de viaje submarino

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El capitán Nerno acababa de poner en actividad su aparato eléctrico. El marinero lo imitó. Consejo y yo seguimos su ejemplo. Haciendo girar un tomillo di contacto entre la bobina y la serpentina de vidrio, de modo que el mar, alumbrado por nuestras cuatro linternas, se iluminó en un radio de veinticinco metros. El capitán Nemo continuó hundiéndose en las oscuras profundidades de la selva cuyos arbustos raleaban cada vez más. 

Observé que la vida vegetal desaparecía más pronto que la vida animal. Las plantas pelágicas abandonaban ya el suelo, que se volvía árido, cuando una cantidad prodigiosa de animales, zoófitos, articulados, moluscos y peces todavía pululaban por allí. Mientras caminábamos, yo pensaba que la luz de nuestros aparatos tenía por fuerza que atraer a algunos habitantes de esas capas sombrías. Pero si se acercaban, manteníanse por lo menos a una distancia lamentable para cazadores. Varias veces vi que el capitán Nemo se detenía y apuntaba con el fusil; luego, tras unos instantes de observación lo bajaba para reanudar la marcha. 

En fin, hacia las cuatro más o menos, la maravillosa excursión acabó. Un muro de soberbias rocas, y de masa imponente se interpuso ante nuestro paso, como una acumulación de bloques gigantescos, enorme acantilado de granito perforado de grutas oscuras, pero que no brindaban ninguna rampa por donde entrar. Eran los acantilados de la isla de Crespo. Era la tierra.


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