Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino La fineza y el brillo del pelo le aseguraban un valor mínimo de dos mil francos. Yo admiraba al curioso mamífero de cabeza redondeada y orejas cortas, ojos redondos, bigotes blancos parecidos a los del gato, pies palmeados y unguiculados, cola espesa. El valioso carnicero, perseguido y cazado por los cazadores, se va haciendo extremadamente raro y se refugió sobre todo en las porciones boreales del Pacifico, donde, por cierto, no tardará en extinguirse su especie. El compañero del capitán Nemo recogió al animal, lo cargó al hombro y reanudamos la marcha.
Durante dos horas fuimos siguiendo ora unos llanos arenosos, ora unos prados de algas, por donde se hacía penoso andar. Francamente, ya no podía más, cuando percibí un vago resplandor que cortaba a media milla la oscuridad del agua. Era el faro del Nautilus. Antes de veinte minutos estaríamos a bordo y allí respiraría con comodidad, pues parecíame que mi depósito sólo me proveía de un aire muy pobre en oxígeno. Pero no contaba con un encuentro que retardó algo nuestra llegada. Yo me había quedado unos veinte pasos atrás, cuando advertí que el capitán Nemo volvía bruscamente hacia donde yo estaba. Con mano vigorosa me acostó en el suelo, mientras su compañero hacía otro tanto con Consejo. Al principio no supe qué pensar de tan brusco ataque, pero me tranquilicé al observar que el capitán se tendía a mi lado y permanecía inmóvil.