Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Rápidamente volvió a aparecer la luz, fue creciendo, y como el sol ya se hallaba bajo en el horizonte, la refracción bordeó otra vez los diversos objetos con un anillo espectral. A los diez metros de profundidad caminábamos por entre un enjambre de pececillos de toda especie, mas numerosos que los pájaros en el aire, más ágiles también, pero ninguna presa acuática digna de un disparo se había brindado aún a nuestra vista. En ese momento vi que el arma del capitán, apuntada con rapidez, seguía entre las matas un objeto móvil. Salió el disparo, oí un débil silbido, y el animal cayó fulminado a los pocos pasos.
Era una magnífica nutria de mar, un enhidro, el único cuadrúpedo exclusivamente marino. Aquella nutria, de un metro y cincuenta de largo, debía ser de elevado precio. La piel, de color pardo castaño por debajo, argentada en el lomo, constituía uno de esos admirables materiales de peletería tan apreciados en los mercados rusos y chinos.