Veinte mil leguas de viaje submarino

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Luego de habernos alejado de aquellas islas encantadoras, protegidas por el pabellón francés, el Nautilus recorrió desde el 4 hasta el 11 de diciembre unas dos mil millas. Señalóse esta travesía por el cruce con un inmenso conjunto de calamares, curiosos moluscos, muy parecidos a la jibia; pertenecen a la clase de los cefalópodos y a la familia de los dibranquiales, que comprende también a la sepia o jibia y a los argonautas. Son animales que estudiaron particularmente los naturalistas de la antigüedad y que les proporcionaron numerosas metáforas a los oradores de la ágora, al mismo tiempo que sabroso plato a la mesa de los ciudadanos ricos, si se presta crédito a lo que refiere Ateneo, médico griego que vivió antes de Galeno. 

Fue durante la noche del 9 al 10 de diciembre cuando el Nautilus se encontró con ese ejército de moluscos, de vida especialmente nocturna. Se podían contar por millones. Emigraban de las zonas templadas hacia zonas más cálidas, siguiendo el itinerario de los arenques y las sardinas. Los veíamos pasar frente a los gruesos cristales, nadando hacia atrás con extremada rapidez, moviéndose por medio de su tubo locomotor, persiguiendo a peces y moluscos, comiéndose a los más chicos y comidos por los más grandes, agitando en indescriptible confusión los diez pies que natura les puso en la cabeza como una cabellera de serpientes neumáticas. 


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