Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Por lo que a mí se refiere, no es eso lo que me atormenta, Consejo, y me encuentro muy cómodo con el régimen de a bordo.
-Yo también, añadió Consejo. Por eso me gusta tanto quedarme como al maestro Land huir de aquí. De manera que si el año que comienza no es grato para mí, lo será para él, y recíprocamente. Así siempre habrá alguien satisfecho. En fin, y en conclusión, le deseo al señor lo que le sea al señor más agradable.
-Gracias, Consejo. Sólo te pediré que dejemos para otra oportunidad la cuestión del aguinaldo y que lo sustituyamos por un buen apretón de manos.
-Nunca se ha mostrado el señor más generoso, respondió Consejo. Y dicho esto, el excelente muchacho se retiró. El 2 de enero habíamos navegado once mil trescientas cuarenta millas, o sea, cinco mil doscientas cincuenta leguas, desde nuestro punto de partida en los mares del Japón. Ante el espolón del Nautilus se extendían los peligrosos parajes del mar de Coral, en la costa nordeste de Australia. Nuestra nave bordeaba el temible banco en que estuvieron a punto de perderse los navíos de Cook, el 10 de junio de 1770. El buque que él dirigía chocó con una roca y si no se hundió fue gracias a la circunstancia de que el trozo de coral, separado por el encontrón, quedó incrustado en el casco entreabierto.