Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Tiene razón el señor, dijo Consejo. Propongo que reservemos tres sitios en la embarcación, uno para los frutos, otro para las legumbres y el tercero para la carne, de la que hasta ahora no he visto la menor huella.
-No hay que perder las esperanzas, Consejo, respondió el canadiense.
-Continuemos, pues, nuestra excursión, añadí, pero nos conviene estar atentos. Aunque parezca deshabitada la isla, podría albergar a ciertos individuos menos exigentes que nosotros en cuanto a la naturaleza de la caza.
-¡Quién sabe!, dijo Ned Land, con un movimiento muy significativo de las mandíbulas.
-¡Hombre!, exclamó Consejo.
-¡A fe mía, respondió el canadiense, empiezo a comprender los atractivos de la antropofagia!
-¡Ned! ¡Ned! ¿Qué está diciendo?, replicó Consejo. ¡Usted antropófago'-¡Ya no estaré tranquilo a su lado, compartiendo con usted el camarote! ¿He de amanecer un día devorado a medias?
-Amigo Consejo, me gusta usted mucho, pero no tanto como para comérmelo sin necesidad.
-No me fío, respondió Consejo. ¡A cazar! Hay que derribar forzosamente a algún animal para que se satisfaga este caníbal, si no una mañana de éstas el señor no podrá contar más que con unos trozos, de su criado para servirlo.