Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Mientras se cambiaban esas palabras, íbamos entrando bajo las sombrosas bóvedas del bosque y, durante dos horas, lo recorrimos en todo sentido.
La casualidad nos fue muy favorable en la búsqueda de vegetales
comestibles. Uno de los más útiles productos de las zonas tropicales nos procuró un alimento valioso que faltaba a bordo. Me refiero al árbol del pan, muy abundante en la isla de Gueboroar, donde vi aquella variedad desprovista de semillas, llamada en malayo rima. Ese árbol se distingue de los demás por el tronco recto, de doce metros de altura. La cima, graciosamente redondeada, de hojas gran des multilobuladas, señalaba claramente al naturalista el artocarpus, aclimatado con felicidad en las islas Mascareñas. De su masa de verdura destacábanse unos gruesos frutos globulosos, de un decímetro de ancho, con rugosidades en la parte externa, dispuestas en forma hexagonal. Vegetal muy útil, con el que la naturaleza ha gratificado a las regiones donde falta el trigo, y el cual, sin exigir ningún cuidado, da frutos durante ocho meses cada año.