Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Ned Land conocía muy bien a esos frutos. Ya los había comido durante sus numerosos viajes y sabía preparar su sustancia comestible. Por eso, verlos y sentir excitados sus deseos fue todo uno.
-¡Señor, me dijo, me muero sino como un poco de la pasta del árbol del pan!
-Cómala, amigo Ned, cómala a su antojo. Estamos aquí para hacer experiencias, pues bien, hagámoslas.
-¡No tardaré mucho!, respondió el canadiense.
Y mediante una lente y con leña seca se puso a encender fuego. Mientras tanto, Consejo y yo escogíamos los mejores frutos del artocarpus. Algunos no habían llegado todavía a un grado suficiente de madurez y la piel espesa recubría una pulpa blanca, pero poco fibrosa. Otros, en gran número, amarillentos y gelatinosos, sólo esperaban el momento de la cosecha. Los frutos no contenían hueso alguno. Consejo le llevó una docena de ellos a Ned Land, quien los puso en las brasas después de cortarlos en gruesas rebanadas, mientras repetía:
-¡Ya verá usted, señor, qué bueno es este pan!
-Sobre todo cuando uno se ha visto privado de él durante mucho tiempo, dijo Consejo.
-Esto no es pan, añadió el canadiense, sino un pastel delicado.