Veinte mil leguas de viaje submarino

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-¡A la canoa!, dije yo, dirigiéndome hacia el mar. Era menester, en efecto, que emprendiéramos la retirada, pues unos veinte indígenas, armados con arcos y hondas, aparecían en el borde de un bosquecillo que ocultaba el horizonte a la derecha, unos cien pasos más allá. Nuestra canoa estaba varada a veinte metros de nosotros. Los salvajes se acercaban sin correr, pero nos prodigaban las demostraciones más hostiles. Piedras v flechas llovían. Ned Land no quiso abandonar las provisiones y, pese al inminente peligro, cargó a un lado el cerdo, los canguros al otro y salió a escape. En dos minutos estuvimos en la playa. Cargar la canoa con las provisiones y las armas, empujarla al mar, armar los remos, fue cosa de un instante. Apenas nos habíamos alejado unos dos cables, cuando un centenar de salvajes, dando alaridos y gesticulando, se metieron en el agua hasta la cintura. Yo miré si su aparición atraía a la plataforma a algunos hombres del Nautilus. Pues, no. El enorme aparato seguía completamente desierto.

Veinte minutos después subíamos a bordo. La compuerta se hallaba abierta. Luego de amarrar la canoa, bajamos al interior del Nautilus.


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