Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Pero numerosos fuegos encendidos en la playa atestiguaban que los nativos no pensaban alejarse. Me quedé asÃ, solo, durante varias horas, pensando a ratos en aquellos indÃgenas -aunque sin temerlos mucho, pues se me contagiaba la imperturbable confianza del capitán-, a ratos olvidándolos y admirando los esplendores de la noche tropical. Mis recuerdos volaban hacia Francia, tras esas estrellas zodiacales que habrÃan de fulgurar allá dentro de unas horas.
La luna resplandecÃa en medio de las constelaciones del cenit. Pensé entonces que el fiel y complaciente satélite volverÃa pasado mañana al mismo punto para levantar las olas y arrancar al Nautilus de su lecho de corales. Hacia la medianoche, viendo todo en calma, regresé a mi camarote y me dormà apaciblemente. La noche transcurrió sin malandanzas. Los papúes se espantaban, sin duda, sólo con ver al monstruo encallado en la bahÃa, pues estando abierta la compuerta se les brindaba fácil acceso al interior del Nautilus.