Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Iban, por lo ge neral, desnudos. Entre ellos advertí algunas mujeres, vestidas desde las caderas hasta las rodillas con un verdadero miriñaque de hierbas, sujeto por una cintura vegetal. Algunos jefes lucían en el cuello una media luna y collares de vidrios rojos y blancos. Casi todos armados de arcos, flechas y escudos, llevaban a la espalda una especie de red con las piedras redondeadas que lanzan muy diestramente con la honda. Uno de los jefes examinaba al Nautilus desde bastante cerca, con atención. Debía de ser un mado de alto rango, puesto que vestía un manto de hojas de plátano, dentadas en el borde y pintadas con brillantes colores. Yo hubiera podido fácilmente abatir al nativo que se hallaba a tiro; pero creí que valía más esperar las demostraciones verdaderamente hostiles. Entre europeos y salvajes, conviene que sean los europeos los que se defiendan y no los que ataquen.