Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Mientras duró la marca baja, los indígenas anduvieron rondando muy cerca del Nautilus, sin mostrarse alborotados. Yo les oía repetir con frecuencia la palabra asai, y por los ademanes comprendí que me invitaban a bajar a tierra, invitación que me pareció prudente declinar. De modo, pues, que ese día la canoa no se apartó de a bordo, con hondo desagrado del maestro Land, que no pudo completar sus provisiones. El habilidoso canadiense empleó el tiempo en preparar las carnes y las harinas traídas de la isla Gueboroar. En cuanto a los nativos, retornaron a tierra a eso de las once, cuando las crestas de coral comenzaban a ocultarse bajo el oleaje de la marea ascendente. Pero noté que aumentaba considerablemente su número en la playa.
Era probable que vinieran de las islas cercanas o de la Papuasia propiamente dicha. Sin embargo, yo no había visto ni una piragua indígena. Como no tenla mejor cosa que hacer, pensé en dragar aquellas límpidas aguas en cuyo fondo se divisaban cantidades de valvas, zoófitos y plantas pelágicas. Era, por lo demás, el último día que el Nautilus habría de pasar en esos parajes, si llegaba a ponerse a flote con la pleamar del siguiente día, según la promesa del capitán Nemo. Llamé,