Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino pues, a Consejo, quien me trajo una draga liviana, más o menos parecida a las que sirven para pescar ostras.
-¿Y los salvajes?, me preguntó Consejo. Salvo mejor opinión del señor, a mí me dan la impresión de no ser muy malos.
-No obstante, son antropófagos, muchacho.
-Se puede ser antropófago y buena persona, respondió Consejo, como hay quien es goloso y honrado. Una cosa no excluye a la otra.
-Bien, Consejo, te concedo que sean unos buenos antropófagos y que devoren honradamente a sus prisioneros. Sin embargo, como no quiero que me devoren, así fuere honradamente, me mantendré en guardia, ya que el comandante del Nautilus no parece haber adoptado ninguna precaución. Y ahora, manos a la obra.
Durante dos horas proseguimos nuestra pesca con actividad, aunque sin conseguir ninguna rareza. La draga se llenaba de orejas de Midas, de harpas, de melanias, y, particularmente, de los más hermosos peces martillo que yo hubiera visto hasta ese día. Recogimos, además, algunas holoturias, ostras perlíferas y una docena de tortuguitas que reservamos para la despensa de a bordo.