Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Observaba yo el estado del mar en aquellas condiciones. Los peces más grandes aparecían como sombras apenas perfiladas, cuando de súbito se halló el Nautilus en plena luz. Creí al principio que se había encendido el faro y que proyectaba su resplandor eléctrico en la masa de las aguas. Me engañaba. Luego de rápida observación advertí mi error.
El Nautilus se mecía en un lecho fosforescente, que en medio de aquella oscuridad parecía más deslumbrante. Lo producían miríadas de animales luminosos, cuyo fulgor se acrecentaba al rozar con el casco metálico. Yo sorprendía entonces unos relámpagos en medio de las capas luminosas, como si fueran coladas de plomo fundido en un horno ardiente, o masas metálicas llevadas hasta el rojo blanco, de tal manera que, por oposición, ciertas porciones luminosas hacían sombra en el medio ígneo, donde toda sombra debía estar desterrada. ¡No, ya no era la irradiación serena de nuestra iluminación habitual! ¡Había allí insólitos vigor y movimiento! ¡Era una luz que parecía viviente!