Veinte mil leguas de viaje submarino

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-¡Pues bien, almuerce el señor! Es prudente, pues no sabemos qué puede suceder.

-Tienes razón, Consejo.

-Por desdicha, dijo Ned Land, sólo nos han traído los platos de a bordo.

-Amigo Ned, respondió Consejo, ¿qué diría usted si no hubiesen traído ninguno?

Este razonamiento cortó de raíz las quejas del arponero. Nos sentamos a la mesa. La comida transcurrió bastante calladamente. Yo comí poco. Consejo se hartó, como medida de prudencia, y Ned Land, sea por lo que fuere, no perdió bocado. Luego, al terminar el almuerzo, cada uno de nosotros se tendió en un rincón. 

En ese momento, el globo luminoso que alumbraba la celda se apagó y quedamos en completa oscuridad. Ned Land no tardó en dormirse y, lo que me extrañó, Consejo se entregó también a un profundo sopor. Yo me preguntaba qué cosa había provocado en él esa imperiosa necesidad de sueño, cuando sentí que se me impregnaba el cerebro de extraña pesadez. Caí presa de una alucinación dolorosa. Sin duda alguna habían puesto sustancias soporíferas en los alimentos que acabábamos de ingerir. ¡No bastaba, pues, con la prisión para ocultarnos los proyectos del capitán Nemo, sino que también era preciso el sueño!


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