Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Oí que los paneles se cerraban. Las ondulaciones del mar, que provocaban un leve balanceo, cesaron. ¿Habíase apartado el Nautilus de la superficie del océano? ¿Se había hundido en la capa inmóvil de las aguas?
Quise resistirme al sueño. No lo logré. La respiración se hizo cada vez más lenta. Sentí un frío mortal que me helaba los miembros entumecidos y como paralizados. Los párpados, verdaderos casquetes de plomo, me cerraron los ojos. No pude levantarlos. Un sueño mórbido, lleno de alucinaciones, se adueñó de todo mi ser. Luego las visiones se esfumaron, dejándome en completo anonadamiento. Al siguiente día desperté con la cabeza singularmente despejada. Con gran sorpresa, me vi en mi propia habitación, Mis compañeros, sin duda, habrían sido también llevados a la suya, sin que lo notaran más que yo. Lo que había sucedido durante la noche lo ignoraban como lo ignoraba yo, y para aclarar ese misterio sólo contaba con futuras casualidades.
Pensé entonces en salir de mi habitación. ¿Estaría nuevamente en libertad o seguiría prisionero? Estaba enteramente libre.
Abrí la puerta, tomé por las crujías, subí la escalera central. Llegué a la plataforma. Allí me esperaban Ned Land y Consejo. Los interrogué. No sabían nada. Se habían dormido con un sueño pesado que no les dejó ningún recuerdo, y los sorprendió el encontrarse en su camarote.