Veinte mil leguas de viaje submarino

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En cuanto a la tripulación, sólo deseaba encontrarse con el unicornio, arponearlo, izarlo a bordo, hacerlo pedazos. Vigilaba el mar con escrupulosa atención. Por otra parte, el comandante Farragut hablaba de cierta suma de dos mil dólares reservada para quienquiera señalase la presencia del animal, fuera grumete o marinero, marino u oficial. Dejo que cada cual piense cómo se aguzaría la vista a bordo de la Abraham Lincoln.

Por mi parte, no me quedé atrás de nadie y no cedí mi lote de observaciones cotidianas. La fragata merecía cien veces llamarse el Argos. Únicamente Consejo, entre todos, por su indiferencia ante la cuestión que así nos apasionaba, parecía un reproche y desentonaba con el entusiasmo general de a bordo.









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