Veinte mil leguas de viaje submarino

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El comandante Farragut era un buen marino digno de la fragata que tenía a su mando. El navío y él eran sólo uno. Él era el alma del buque. En cuanto al cetáceo, ninguna duda le inquietaba el ánimo y no permitía que a bordo se pusiera en tela de juicio la existencia del animal. Creía en ello corno algunas buenas mujeres creen en el Leviatán, por fe, no por razonamiento. El monstruo existía, él lo eliminaría de los mares, lo tenía jurado. Era algo así como un caballero de Rodas, un Deodato de Gozón encaminándose al encuentro de la serpiente que desolaba su isla. O el comandante Farragut acababa con el narval, o el narval acababa con el comandante. No admitía término medio.

Los oficiales de a bordo compartían la opinión del jefe. Había que oírles conversar discutir, disputar, calculando las diversas probabilidades de un encuentro, había que verlos observar la amplia extensión del océano. Más de uno de los que en cualquiera otra ocasión hubieran echado maldiciones contra tal servicio, se imponía a sí mismo una guardia voluntaria en las vergas de juanete. Mientras el sol describía su arco diurno, la arboladura se poblaba de marineros a quienes les quemaban los pies las tablas del puente y no podían estarse quietos. Y sin embargo, la roda de la Abraham Lincoln no cortaba aún las sospechosas aguas del Pacífico.


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