Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino AllÃ, reposaba en un lecho un hombre de unos cuarenta años, de rostro enérgico, verdadero tipo de anglosajón. Me incliné sobre él. No era sólo un enfermo, sino un herido. La cabeza vendada con ensangrentadas tiras de lienzo, descansaba en doble almohada. Aparté las vendas y el paciente, mirándome con sus grandes ojos fijos en mÃ, me dejó hacer sin quejarse. La herida era espantosa. El cráneo fracturado por un instrumento contundente dejaba al descubierto el cerebro y la misma sustancia cerebral habÃa sufrido un rozamiento profundo. En la masa encefálica se habÃan formado coágulos sanguÃneos del color de las haces del vino. HabÃa habido contusión y conmoción cerebral. Respiraba lentamente. Algunos movimientos espasmódicos de los músculos le agitaban la cara. La flegmasÃa cerebral era completa y producÃa la parálisis de la sensibilidad y del movimiento.
Le tomé el pulso; latÃa intermitente. Las extremidades ya iban enfriándosele y le advertà que la muerte se aproximaba sin que fuera posible detenerla. Después de vendar de nuevo al desdichado, aseguré las telas que le envolvÃan la cabeza y me volvà hacia el capitán Nemo.
-¿De qué proviene esta herida.?, le pregunté.