Veinte mil leguas de viaje submarino

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-Tengan la bondad, entonces, de ponerse las escafandras. Del moribundo o del muerto, no se habló palabra. Fui en busca de Ned Land y Consejo, les di a conocer la propuesta del capitán Nemo. Consejo se apresuró a aceptarla y esta vez el canadiense se mostró muy dispuesto a acompañarnos.

Eran las ocho de la mañana. A las ocho y media estábamos vestidos para el nuevo paseo, provistos de los aparatos de iluminación y respiración. Se abrió la doble puerta y, acompañados del capitán Nemo al que seguíauna docena de hombres de la tripulación, hicimos pie a una profundidad de diez metros, en el suelo firme donde reposaba el Nautilus. Una leve pendiente bajaba a un terreno quebrado, aproximadamente a unas quince brazas de hondura. 

Ese fondo difería mucho del que había yo visitado en mi primera excursión bajo las aguas del Pacífico. Aquí no existía el fino arenal, ni tampoco los prados submarinos, como ninguna selva pelágica. Reconocí al instante la maravillosa región que aquel día nos hizo conocer el capitán Nemo: el reino de coral. Nada podía interesarme más que el visitar uno de esos bosques petrificados planta dos por la naturaleza en el fondo de los mares.


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