Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino A poco andar las malezas se espesaron, las arborizaciones crecieron. Verdaderos bosquecillos petrificados y largas, bóvedas de fantástica arquitectura se mostraron ante nuestros pasos. El capitán Nerno penetró en una oscura galería cuya suave pendiente nos conducía a una profundidad de cien metros. La luz de nuestras serpentinas producía a veces mágicos efectos al destacar las rugosas asperidades de los arcos naturales y de las pechinas colgantes como candelabros, en cuyos extremos ponía unas puntas de fuego.
Entre los arbolillos coralinos observé otros pólipos no menos curiosos, melitas, iris de ramificaciones articuladas, luego algunas matas de coralinas, las unas verdes, las otras rojas, verdaderas algas encostradas en sus sales calcáreas, que los naturalistas, tras largas discusiones, clasificaron definitivamente en el reino vegetal. Mas, según lo dice un pensador, "es éste, quizás, el punto real en que la vida despierta oscuramente de su sueño de piedra, sin desprenderse aún de ese rudo punto de partida".