Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Por fin, después de dos horas de marcha, habíamos llegado a una profundidad de trescientos metros más o menos, es decir, al límite extremo desde donde el coral empieza a formarse. Ya no era allí la mata aislada, ni el modesto bosquecillo de monte bajo; era la selva inmensa, las grandes vegetaciones minerales, los enormes árboles petrificados, unidos entre sí por guirnaldas de plumarias elegantes, aquellas lianas del mar, pintadas de matices y reflejos. Pasábamos libremente bajo su alto ramaje perdido entre las olas, mientras a nuestros pies, las tubíporas, las meandrinas, las astreas, los fungos, las cariófilas, tendían una alfombra de flores, salpicada de gemas deslumbradoras.
¡Qué indescriptible espectáculo! ¡Ay!, ¿por qué no podríamos comunicarnos nuestras sensaciones? ¡Por qué estaríamos presos en aquella máscara de metal y de vidrio! ¡Por qué no viviríamos, por lo menos, la vida de los peces que pueblan el líquido elemento, o, más bien, la de los anfibios que durante largas horas pueden recorrer a su antojo el doble dominio de la tierra y de las aguas!