Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino A una señal del capitán Nemo, adelantóse uno de los hombres y a pocos pies de la cruz comenzó a cavar un hoyo con un pico que había llevado en la cintura.
¡Lo comprendí todo! ¡El claro aquél era un cementerio; el hoyo, una tumba; el objeto oblongo, el cuerpo del hombre muerto la noche anterior! ¡El capitán Nemo y los suyos venían a sepultar a su compañero, en esta morada común, en el fondo del inaccesible océano! ¡No, jamás sentí sobreexcitado el ánimo hasta tal punto! ¡jamás ideas más impresionantes me invadieron el cerebro! ¡Yo no quería ver lo que mis ojos veían!
Mientras tanto, la tumba se abría lentamente. Los peces huían aquí y allá de su retiro perturbado. Oía resonar en el suelo calcáreo el hierro del pico del que parecían brotar chispas, a ratos, al chocar con algún trozo de cuarzo perdido en el fondo de las aguas. El hoyo se alargaba, se ensanchaba, y no tardó en ser bastante hondo como para acoger el cuerpo del difunto. Entonces los que lo conducían se aproximaron. El cadáver, envuelto en una tela de biso blanco, descendió al húmedo sepulcro. El capitán Nemo, con los brazos cruzados sobre el pecho, y todos los amigos de aquel que les había tenido afecto, se pusieron de hinojos en actitud de rezo. Mis dos compañeros y yo nos habíamos inclinado con piadoso recogimiento.
Cubrieron entonces la tumba con restos arrancados del suelo, hasta formar una leve prominencia.