Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino ¡Siempre la misma implacable y huraña desconfianza para con las sociedades humanas!
A mí no me satisfacían las hipótesis que convencían a Consejo. El digno joven persistía en ver en el comandante del Nautilus a uno de esos desconocidos sabios que devuelven a la humanidad desprecio por indiferencia, Seguía siendo para él un genio incomprendido, que fatigado de las decepciones de la tierra buscaba refugio en ese medio inaccesible, donde podía dar libre curso a sus instintos. Pero, a mí criterio, esta hipótesis no explicaba más que uno de los aspectos de la personalidad del capitán Nemo.
En efecto, el misterio de la última noche en la que habíamos sido encerrados en la celda y en el sueño la precaución, tan violentamente cumplida por el capitán al arrancarme de los ojos el catalejo cuando estaba dispuesto a recorrer el horizonte; la herida mortal de aquel hombre, debida a un choque inexplicable del Nautilus, todo ello me llevaba hacia una nueva pista.
¡No, el capitán Nemo no se contentaba con huir de los hombres!
Su formidable máquina servía, no solamente para satisfacer sus anhelos de libertad, sino posiblemente también, para no sé qué terribles represalias.