Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino De tal manera, no carecía la Abraham Lincoln de ningún medio destructivo. Pero contaba con algo mejor aún. Contaba con Ned Land, el rey de los arponeros. Ned Land era un canadiense de unos cuarenta años, de poco común habilidad manual y sin par en su peligroso oficio. Destreza y sangre fría, osadía y astucia eran cualidades que poseía en sumo grado, y había de ser muy maligna la ballena o singularmente ladino el cachalote que lograra eludir la punta de su arpón. Quien dice canadiense, dice francés, y, por poco comunicativo que fuere Ned Land, debo confesar que me tomó algún afecto. Mi nacionalidad lo atraía, sin duda. Era para él una oportunidad de hablar, y para mí de escuchar, aquel antiguo lenguaje de Rabelais aún en uso en algunas provincias del Canadá. La familia del arponero, oriunda de Quebec, formaba ya una tribu de arrojados pescadores en tiempos en que esa ciudad pertenecía a Francia.
Poco a poco, Ned halló agrado en conversar conmigo y yo sentía placer escuchando el relato de sus aventuras por los mares polares. Contaba las escenas de pesca y de combate con honda poesía natural. Su narración adquiría una forma épica: parecíame estar oyendo a algún Homero canadiense mientras cantaba la Ilíada de las regiones hiperbóreas.