Veinte mil leguas de viaje submarino

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La canoa se dirigió hacia el sur. Los remeros no se apresuraban. Observé que sus golpes vigorosamente acompasados bajo el agua no se sucedían sino de diez en diez segundos, según el método generalmente utilizado en las marinas de guerra. Mientras la embarcación se deslizaba, el agua que levantaban los remos salpicaba el fondo negro de las olas como rebabas de plomo fundido; una leve marejada venida de alta mar imprimía a la embarcación un leve balanceo, y algunas crestas de olas se precipitaban a proa.

Estábamos silenciosos. ¿Qué pensamientos absorbían al capitán Nemo? Tal vez pensaba en que la tierra a la que se aproximaba se hallaba demasiado cerca de él, contra la opinión del canadiense, a quien le parecía todavía demasiado lejana. En cuanto a Consejo, se encontraba allí como simple curioso.

A eso de las cinco y media los primeros fulgores del horizonte acusaron con mayor nitidez la línea superior de la costa. Baja hacia el este, se levantaba algo hacia el sur. Cinco millas faltaban aún y sus riberas se confundían con las aguas brumosas. Entre ella y nosotros, el mar aparecía desierto. Ni un buque, ni un buceador. Profunda soledad en ese lugar de cita de los pescadores de perlas. Como el capitán Nemo me lo había observado anteriormente, llegábamos con un mes de adelanto a estos parajes.


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