Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Después de haber descendido una abrupta pendiente, nuestros pies hollaron el fondo de una especie de pozo circular. Allí el capitán Nemo se detuvo y con la mano nos señaló un objeto que aún yo no había advertido: se trataba de una ostra de dimensiones extraordinarias, de una tridacna gigantesca, una pila que hubiera podido contener un lago de agua bendita, una fuente de más de dos metros de ancho, y por consiguiente más grande que la que adornaba el salón del Nauti- lus.
Me acerqué al molusco colosal. Por el biso se adhería a una mesa de granito, y allí se extendia aisladamente en las tranquilas aguas de la gruta. Calculé el peso de la tridacna en trescientos kilogramos. Una ostra así contiene quince kilos de carne, y hubiera sido necesario el estómago de un Gargantúa para ingerir algunas docenas de ellas. El capitán Nemo conocía evidentemente la existencia de ese bivalvo. No era la primera vez que lo visitaba, y pensé que conduciéndonos a este lugar, pretendía solamente mostrarnos una interesante curiosidad de la naturaleza. Me engañaba.