Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino A cinco metros de donde me encontraba apareció una sombra que descendió hasta el fondo. La inquietante idea de los tiburones volvió entonces de nuevo a turbarme el ánimo, pero me engañaba; una vez más, no teníamos que vernos con los monstruos del océano. Era un hombre, un hombre viviente, un hindú, un negro, un pescador, un pobre diablo, sin duda, el que descendía en busca de ostras, anticipándose a la recolección.
Percibí la quilla de su canoa a pocos pies sobre su cabeza. Se sumergía y, ascendía sucesivamente. Una piedra tallada en forma de pan de azúcar que sostenía con el pie mientras una cuerda la unía a la canoa, le permitía descender rápidamente al fondo del mar. Era todo su equipo. Llegado al fondo, aproximadamente a cinco metros de profundidad, se precipitaba de rodillas y aprovisionaba su bolso de ostras escogidas al azar. Luego volvía a subir, vaciaba el bolso, retomaba su piedra y reanudaba la operación, sin prolongarla más de treinta segundos.
Yo lo observaba con profunda atención. Su maniobra se realizaba regularmente, y durante media hora ningún peligro pareció amenazarlo. Me estaba familiarizando con el espectáculo de tan interesante pesca, cuando de improviso, en un instante en que el hindú se encontraba arrodillado en el fondo, le vi hacer un gesto de espanto, levantarse y tomar impulso para regresar rápidamente a la superficie del mar.