Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Entonces, señor capitán, dijo seriamente Consejo, ¿si por casualidad éste fuera el único de su raza, no convendría conservarlo en interés de la ciencia?
-Quizás, replicó el canadiense; pero, en interés de la cocina es mejor darle caza.
-Hágalo, pues, maestro Land, respondió el capitán Nemo. En ese instante siete tripulantes, mudos e impasibles como siempre, ascendieron a la plataforma. Uno portaba un arpón y una línea comparable a los que usan los cazadores de ballenas. La canoa fue retirada de su depósito, lanzada al mar. Seis remeros se ubicaron en sus bancos y en timonel en la barca. Ned, Consejo y yo, nos colocamos a popa.
-¿No viene usted, capitán?, pregunté.
-No,, señor. Les deseo buena caza.
La canoa se separó del Nautilus, impulsada por sus seis remos, se dirigió rápidamente hacia la presa, que se hallaba entonces a dos millas de distancia. Llegada a varios cables del cetáceo, disminuyó la marcha, y los remos se hundieron sin ruido en las aguas tranquilas. Ned Land arpón en mano, fue a colocarse de pie en la proa.