Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El cetáceo, llegado a veinte pies de la canoa, se detuvo, aspiró bruscamente el aire con sus amplias narices cortadas no en la extremidad sino en la parte superior del hocico. Luego, tomando impulso se precipitó sobre nosotros. La canoa no pudo evitar el choque; semivolcada embarcó una o dos toneladas de agua que fue necesario desagotar; pero gracias a la destreza del timonel, abordada oblicuamente y no de flanco, no se volcó.
Ned Land, asido a la borda, acribillaba a golpes de arpón al gigantesco animal, cuyos dientes incrustados en la borda elevaba la embarcación sobre el agua como un león levanta a un corzo. Estábamos encimados unos sobre otros, y no se bien cómo habría concluido la aventura si el, canadiense, siempre encarnizado contra la bestia, no la hubiese al fin alcanzado en el corazón. Escuché el rechinar de los dientes sobre la chapa, y el cetáceo desapareció, arrastrando consigo el arpón.