Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino En efecto, desde tiempo atrás varios navíos se habían encontrado en alta mar con "una cosa enorme", un objeto largo, fusiforme, a veces fosforescente, muchísimo más voluminoso y veloz que una ballena. Los hechos referentes a tal aparición, anotados en los diversos libros de a bordo, coincidían bastante exactamente en cuanto a la estructura del objeto o del ser en cuestión, lo mismo que en la velocidad incalculable de sus movimientos, en la sorprendente potencia de su locomoción y en la vida particular de que parecía estar dotado. Si era un cetáceo, superaba en tamaño a todos los que la ciencia tenía clasificados hasta entonces. Ni Cuvier, ni Lacépède, ni el señor Dumeril, ni el señor de Quatrefages hubieran admitido la existencia de tal monstruo, a menos de haberlo visto de manera indubitable con sus propios ojos de sabios.
Tomando en cuenta la mediana de las observaciones realizadas en diferentes oportunidades, dejando a un lado las estimaciones tímidas que le asignaban un largo de doscientos pies y rechazando las opiniones exageradas que le otorgaban una milla de ancho y tres de largo, podía asegurarse, sin embargo, que ese ser fenomenal, si en realidad existía, sobrepasaba en mucho las dimensiones admitidas hasta entonces por los ictiólogos.
