Veinte mil leguas de viaje submarino

Veinte mil leguas de viaje submarino

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Era evidente para mí que el Mediterráneo, encerrado entre las tierras de las que quería huir, disgustaba al capitán Nemo. Sus olas y sus brisas le traían demasiados recuerdos, quizás muy doloridos. Carecía allí de 11 libertad de marcha, de la independencia de maniobra que le facilitaban los océanos, y su Nautilus sentíase ceñido entre las costas próximas de África y de Europa.

De modo que nuestra velocidad fue de veinticinco millas por hora, o sea de doce leguas de cuatro kilómetros. No es preciso decir que Ned Land, muy contrariado, hubo de renunciar a sus proyectos de fuga. No podía servirse de la canoa transportada a razón de doce o trece metros por segundo. Salir del Nautilus en tales condiciones era lo mismo que saltar de un tren en marcha a igual velocidad, maniobra de lo más imprudente, si las hubo. 

Además, nuestra nave sólo subía durante la noche a la superficie para renovar la provisión de aire y se guiaba únicamente por la brújula y las indicaciones de la corredera. El Nautilus, una vez que hubo superado los bajos fondos del estrecho de Libia, volvió a tomar en las aguas ya más profundas su acostumbrada velocidad.


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