Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Observé la pendiente que acabábamos de franquear. La montaña no se elevaba aquí más que setecientos u ochocientos pies por encima de la llanura; pero en la ladera opuesta dominaba en una altura doble el fondo en declive de esta región del Atlántico. Mis miradas se extendieron a la lejanía y abarcaron un vasto espacio iluminado por una fulguración violenta. En efecto, era un volcán esa montaña. A cincuenta pies por debajo del pico, en medio de una lluvia de piedras y de escorias, un amplio cráter vomitaba torrentes de lava, que se dispersaban en cascadas de fuego en el seno de la masa líquida. Así ubicado, aquel volcán iluminaba como una inmensa antorcha la llanura inferior hasta los últimos limites del horizonte.
El cráter submarino arrojaba lavas, pero no llamas. Las llamas necesitan del oxígeno del aire, y no podrían extenderse bajo las aguas; pero los torrentes de lava, que tienen en ellos mismos el principio de su incandescencia, pueden, llegados al rojo blanco, luchar victoriosamente con el elemento líquido y vaporizarse a su contacto. Rápidas corrientes arrastraban todo este gas en difusión y los torrentes de lava resbalaban hasta la base de, la montaña, como las deyecciones del Vesubio sobre otra Torre del Greco.