Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino En efecto, allá, ante mis ojos, en ruinas, abismada, derrumbada, aparecía una ciudad destruida, con sus techos hundidos, sus templos abatidos, sus arcos dislocados, sus columnas caídas, y en la que se percibían aún las sólidas proporciones de una arquitectura semejante a la toscana; más lejos, algunos restos de un gigantesco acueducto; aquí, las alturas confusas de una Acrópolis, con las formas fluctuantes de un Partenón; allá, vestigios de muelles, como si algún antiguo puerto hubiera abrigado antaño en los bordes de un océano desaparecido las barcas mercantes y los trirremes de guerra; más lejos aún, largas líneas de murallas derrumbadas, amplias calles desiertas, ¡toda una Pompeya oculta bajo las aguas, que el capitán Nemo resucitaba ante mi vista!
¿Dónde estaba yo? ¿Dónde, dónde estaba? Quería saberlo a toda costa, quería hablar, quería arrancar la esfera de cobre que me aprisionaba la cabeza. Pero el capitán Nemo vino hacia mí y me detuvo con un ademán. Luego recogiendo un trozo de piedra caliza, avanzó hacia una roca de basalto negro y trazó está sola palabra:
ATLÁNTIDA