Veinte mil leguas de viaje submarino

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Hacia las cuatro de la tarde, el terreno, por lo general compuesto de un légamo espeso y entremezclado con ramas mineralizadas, se modificó poco a poco, se hizo más rocoso y parecía sembrado de conglomerados de tobas basálticas, con algunas sembraduras de lavas y de obsidianas sulfurosas. Yo pensé que la región montañosa sucedería pronto a las grandes llanuras, y, en efecto, tras algunas evoluciones del Nautilus, divisé el horizonte meridional obstruido por una alta muralla que al parecer cerraba toda salida. Su parte superior sobrepasaba evidentemente nivel del océano. Debía tratarse de un continente, o por, lo menos de una isla, posiblemente una de las Canarias o de las islas de Cabo Verde. 

No habiéndose tomado la altura -de intento posiblemente-ignoraba nuestra posición. En todo caso, me pareció que tal muralla marcaba el fin de esta Atlántida de la que no habíamos recorrido, en suma, sino una mínima parte. La noche no interrumpió mis observaciones. Había quedado solo. Consejo ya estaba en su camarote. El Nautilus, disminuyendo la marcha correteaba por encima de las masas confusas del fondo, tanto rozándolas como si en ellas hubiera querido posarse, tanto remontándose caprichosamente a la superficie del mar. 



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