Veinte mil leguas de viaje submarino

Veinte mil leguas de viaje submarino

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Después de almorzar, a eso de las diez, descendimos al ribazo.

-Estamos otra vez en tierra, dijo Consejo.

-Yo no llamo "tierra" a esto, respondió el canadiense. Y además no estamos sobre ella sino debajo.

Entre la base de las paredes de la montaña y las aguas del lago se extendía una playa arenosa que en su mayor amplitud medía unos quinientos pies. Por sobre este arenal se podía fácilmente dar la vuelta al lago. Pero la base de las altas paredes formaba un suelo escabroso, sobre el que yacían, en pintoresco amontonamiento bloques volcánicos y enormes piedras pómez. Todas estas masas disgregadas, recubiertas de un esmalte bruñido por la acción de los fuegos subterráneos, resplandecían al contacto de los haces eléctricos del fanal. El polvo micáceo de la ribera que levantaban nuestros pasos revoloteaba como una nube de chispas.

El suelo se elevaba sensiblemente al alejarse del nivel de las aguas y pronto arribamos a rampas largas y sinuosas, verdaderos repechos que permitían subir poco a poco; pero era necesario caminar prudentemente en medio de estos conglomerados que ningún cemento unía entre sí; el pie resbalaba en aquellas traquitas vítreas, formadas por cristales de feldespato y de cuarzo. La naturaleza volcánica de la enorme excavación se confirmaba en todas partes. Se lo hice observar a mis compañeros.


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