Veinte mil leguas de viaje submarino

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Hallábase la fragata entonces a los 31º 15' de latitud norte y a los 136º 42' de longitud este. Nos separaban de las tierras del Japón menos de unas doscientas millas a sotavento. Acercábase la noche. Acababan de dar las ocho. Grandes nubes velaban el disco de la luna, entonces en cuarto creciente. El mar ondeaba apacible bajo el tajamar de la fragata. En ese momento, yo me apoyaba en la borda de estribor, a proa. A mi lado, Consejo miraba hacia el frente. Los tripulantes encaramados en los obenques examinaban el horizonte que se achicaba y oscurecía poco a poco. Los oficiales, provistos de sus largavistas nocturnos, escudrifiaban la oscuridad creciente. A ratos, el sombrío océano brillaba al reflejo de un rayo que lanzaba la luna por el breve claro entre dos nubes. Y luego toda huella luminosa se desvanecía en las tinieblas.

Mirándolo a Consejo, noté que en el buen muchacho obraba, por poco que fuera, la influencia ambiente. Por lo menos, me pareció así. Quizás por vez primera le vibraban los nervios bajo la acción de un sentimiento de curiosidad.

-¡Ea, Consejo!, le dije. Aquí se te brinda la última ocasión de ganarte dos mil dólares.

-Permítame el señor que le diga, respondióme Consejo, que no he tenido para nada en cuenta esa prima. Bien podía el gobierno de la Unión prometer cien mil dólares, sin empobrecerse por eso.


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