Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Era el postrer desafío al gigantesco narval, y éste no podía, razonablemente, eludir aquella intimación que reclamaba su presencia. Transcurrieron dos días. La Abraham Lincoln navegaba a poco vapor. Poníanse en práctica mil medios destinados a despertar la atención o azuzar la apatía del animal en caso en que estuviera por las cercanías. Enormes trozos de tocino se llevaban a remolque, con gran satisfacción de los tiburones, claro está. Los botes irradiaron en todas direcciones alrededor de la Abraham Lincoln, mientras la fragata se mantenía al pairo, y no dejaron un rincón del mar sin explorarlo. Pero llegó la tarde del 4 de noviembre y seguía tan oculto como siempre aquel misterio submarino. El día siguiente, 5 de noviembre, a mediodía, vencía el plazo de rigor. Después de tomar la altura, el comandante Farragut, cumpliendo con su promesa, debía dar la orden de hacer rumbo hacia el sudeste y abandonar definitivamente las regiones septentrionales del Pacífico.