Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Entre tanto, por temor a encallar, el Nautilus se había detenido a tres cables de una playa dominada por soberbio cúmulo de rocas. Se echó al mar la canoa. El capitán, dos de sus hombres con los instrumentos, Consejo y yo, nos embarcamos. Eran las diez de la mañana. No lo había visto a Ned Land; el canadiense, sin duda, no quiso desdecirse ni siquiera en presencia del polo sur. Algunos impulsos de remo llevaron a la canoa hasta la playa. En el momento en que Consejo iba a saltar a tierra, lo detuve.
-Señor, le dije al capitán Nemo, a usted le corresponde el honor de ser el primero en poner pie en esta tierra.
-Sí, señor, respondió el capitán, y si no vacilo en hollar el suelo del polo, es porque hasta hoy ningún ser humano dejó en él la huella de sus pasos.
Diciendo esto, saltó ágilmente a la arena. Una vivísima emoción le hacía latir el corazón. Escaló un peñasco que terminaba sobre un pequeño promontorio y allí con los brazos cruzados, ardiente la mirada, inmóvil, silencioso, parecía estar tomando posesión de las regiones australes. Después de unos cinco minutos vividos en pleno éxtasis, se volvió hacia nosotros.
-Cuando usted guste, señor, me gritó.