Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino A las nueve arribamos a tierra. El cielo aclaraba. Las nubes huÃan hacia el sur. Las brumas se apartaban de la superficie frÃa del agua. El capitán Nemo se dirigió hacia el pico, donde entendÃa, sin duda, establecer su observatorio. Fue una ascensión penosa sobre las lavas afiladas y las piedras Pómez, en medio de una atmósfera a menudo saturada por las emanaciones de las fumarolas. A pesar de ser el capitán un hombre que habla perdido la costumbre de caminar en tierra firme, subÃa las pendientes más ásperas con tal soltura y agilidad que yo no podÃa igualarlo y que hubiera provocado la envidia de un cazador de gamuzas. Tardamos dos horas en escalar el pico constituido a medias por rocas basálticas y de pórfido.
Desde allÃ, nuestras miradas abarcaron la extensión de un mar que, hacÃa el norte, trazaba netamente la lÃnea terminal contra el fondo del cielo. A nuestros pies, campos deslumbradores de blancura. Sobre nuestras cabezas, un pálido azul liberado de brumas. Al norte, el disco del sol, como una bola de fuego, cortado ya por el filo del horizonte. Del seno de las aguas se alza6an como magnÃficos surtidores los chorros lÃquidos por centenares.