Veinte mil leguas de viaje submarino

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A lo lejos, cual un cetáceo dormido, el Nautilus. Detrás de nosotros, hacia el sur y el este, una porción inmensa de tierra, amontonamiento caótico de rocas y hielos cuyos límites no se distinguían. Cuando el capitán Nemo llegó a lo alto del pico tomó cuidadosamente su altura por medio del barómetro, pues debía tenerla en cuenta para la observación.

A las doce menos cuarto, el sol, que se había visto hasta entonces sólo por refracción, mostró su disco de oro y dispersó unos rayos postreros por ese continente abandonado, por aquellos mares que el hombre nunca surcó todavía. El capitán Nemo, provisto de un anteojo reticular, que mediante un espejo corregía la refracción, observó al astro mientras se hundía poco a poco en el horizonte trazando una diagonal muy alargada. Yo tenía el cronómetro. Me latía con violencia el corazón. Si la mitad exacta del disco solar dejaba de verse al dar las doce el cronómetro, nos hallábamos en el mismo polo.

-¡Mediodía!, exclamé.

-¡El polo sur!, respondió el capitán Nemo con voz grave, tendiéndome el anteojo para que viera al astro diurno cortado exactamente en dos porciones iguales por la línea del horizonte. Contemplé cómo los últimos rayos coronaban el pico y cómo las sombras iban subiendo paulatinamente por sus laderas. En ese momento, el capitán Nemo, apoyándome en el hombro la mano, me dijo:


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