Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Yo trepé a los masteleros de mesana. Algunos oficiales se habían encaramado hasta el tope de los mástiles.
A las ocho, la bruma rodó pesadamente sobre las olas y se levantó poco a poco en densas volutas. El horizonte se ampliaba a la vez. De pronto, como la víspera, la voz de Ned Land se dejó oír.
-¡La cosa en cuestión, a babor atrás!, gritó el arponero. Todas las miradas se volvieron hacia el punto indicado. Allí, a milla y media de la fragata, un largo cuerpo negruzco emergía un metro sobre las olas. La cola, violentamente agitada, producía un remolino considerable. Jamás aparato caudal alguno batió el mar con semejante potencia. Una inmensa estela de blancura deslumbrante señalaba el paso del animal y describía una curva alargada. La fragata se acercó al cetáceo. Yo lo examiné con ánimo objetivo. Las informaciones del Shannon y del Helvetia exageraban un tanto en lo que respecta a sus dimensiones, pues Yo calculé que tendría solamente unos doscientos cincuenta pies de largo.