Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -¡Y la mía!, respondió sencillamente el arponero. A eso de las dos de la madrugada volvió a aparecer el foco luminoso, no menos intenso, a barlovento. No obstante la distancia y el rumor del viento y del mar, se oían claramente los formidables coletazos del animal y hasta su respiración jadeante. Parecía que en el momento en que el enorme narval subía a la superficie para respirar, el aire se precipitara en sus pulmones como el vapor en los amplios cilindros de una máquina de dos mil caballos de fuerza.
“¡Hum!”, pensé yo. "¡Una ballena que poseyera la fuerza de un regimiento de caballería, sería una hermosa ballena!" Nos mantuvimos alertas hasta que amaneció, apercibiéndonos para el combate. Los instrumentos de pesca estaban dispuestos a lo largo de las bordas. El segundo mandó cargar esos trabucos que arrojan un arpón a una milla de distancia y las largas escopetas de balas explosivas que causan heridas mortales hasta a las bestias más resistentes. Ned Land se había conformado con afilar el arpón, arma terrible en sus manos. A las seis asomó el alba y con las primeras luces de la aurora desapareció el resplandor eléctrico del narval. A las siete ya era de día, pero una bruma natural muy densa encogía el horizonte y los mejores catalejos no llegaban a atravesarla. Lo que fue causa de decepción y fastidio.