Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Ese día, durante varias horas, manejé el pico tesoneramente. El trabajo me sostenía. Además, el hecho de trabajar significaba salir del Nautilus, respirar directamente el aire puro tomado de los depósitos, alejarse de la atmósfera enrarecida y viciada. Al llegar la noche, se había cavado la fosa un metro más. Cuando retorné a bordo, a punto estuve de asfixiarme con el ácido carbónico que saturaba el aire. ¡Ah, por qué no tendríamos los medios químicos que anulan ese gas deletéreo! El oxígeno no escaseaba. El agua circundante contenía una cantidad considerable y si la descompusiéramos mediante nuestras poderosas pilas, nos hubiera brindado suficiente fluido vivificador. Yo había pensado en ello, pero, ¿para qué, si el ácido carbónico que exhalábamos al respirar tenía invadidas todas las partes de la nave Para absorberlo era preciso llenar recipientes con potasa cáustica y agitarlos continuamente. Ahora bien, dicha materia faltaba a bordo y, nada podía reemplazarla.
Por la noche, hubo de abrir el capitán Nemo los grifos de los depósitos y lanzar algunas columnas de aire en el interior del Nautilus. Sin tal precaución, no hubiéramos despertado.