Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El día siguiente, 26 de marzo, reanudé mi tarea de minero dando comienzo a la extracción del quinto metro. Las paredes laterales y la superficie inferior de la barrera se espesaban a vista de ojos. Era evidente que llegarían a juntarse antes que el Nautilus lograra desprenderse del encierro. Durante un momento me dominó la desesperación. El pico estuvo a punto de escurrírseme de las manos. ¿Para qué seguir cavando, si había de perecer ahogado, aplastado por el agua que se convertía en piedra, suplicio que ni la ferocidad de los salvajes hubiera concebido? Me parecía estar entre las mandíbulas formidables de un monstruo, que se iban cerrando irresistiblemente.
En ese momento, el capitán Nemo, que dirigía la tarea y trabajaba personalmente, pasó cerca de mí. Le toqué la mano y le señalé las paredes de nuestra prisión. La muralla de estribor se había acercado al casco del Nautilus hasta una distancia menor de cuatro metros. El capitán me comprendió y me hizo seña de que lo siguiera. Volvimos a bordo. Me quité la escafandra y lo acompañé al salón.