Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Señor Aronnax, me dijo, hay que apelar a algún remedio heroico o quedarnos empotrados en el agua congelada como en un muro de cemento.
-Cierto es, dije, pero, ¿qué podemos hacer?
-¡Ah, si mi Nautilus fuera bastante sólido como para soportar esa presión sin resultar aplastado!
-¿Y con eso?, pregunté sin entender su intención.
-¿No comprende usted que la congelación nos ayudarÃa? ¿No ve usted que al solidificarse harÃa estallar estos campos de hielo que nos rodean, como al helarse hace estallar las piedras más duras? ¡No, percibe usted que serÃa un agente de salvación en lugar de causa de destrucción?
-SÃ, capitán, tal vez. Aunque por mucho que resista el Nautilus, no podrÃa soportar tan espantosa presión que lo dejarla achatado como una lámina de acero.
-Lo sé señor. No debemos contar, por lo tanto, con el auxilio de la naturaleza, sino con nuestros propios recursos. Tenemos que oponernos a la congelación. Suprimirla. Porque no sólo se van estrechando las paredes laterales, sino que no quedan diez pies de agua a proa y a popa del Nautilus. La solidificación del agua progresa por todos lados.
-¿Durante cuánto tiempo, pregunté, el aire de los depósitos nos permitirá respirar a bordo?
El capitán me miró de frente.